Entonces mis amigos se dividían.
Congeniaban con unos y miraban a otros. El aire estaba frio, los corazones
exaltados y seguían las miradas. Yo era el más sobrio, aunque también estaba ebrio.
Se agrupaban en torno a sus ideas. Un amigo con su novia se adoraba. La música
recordaba un aire bohemio del no sé dónde y el no sé cuándo ¡Carcajadas se
escuchaban! Mis amigos se reían. Y yo gozaba con la bruma de la noche al filo
de las palabras fragmentadas. Sentían frio. Como los vientos en los valles de
molinos entre las montañas altas. Las sombras de los árboles vibraban con los
rayos de la luna que nuestras cabezas acariciaba ¡Gran deleite para nuestros
corazones! Unas almas se reían, otras lloraban, unas se arrepentían, otras solo
suspiraban ¡Ha! Gran destino para el cobarde de altos afectos a las sendas
malogradas. Y la dama, la cordial amiga de jardines marcescibles, en las
hortensias florecidas sus texturas ocultaba. Perdida su mirada ¡denunciaba que
existía la nada! También ella sintió frio. Como el joven asesino que un gran
amor recordaba entre senderos divididos de tendidos de hojarasca que en el
suelo se mezclaban, igual que las pasiones que su vida derrochaba. Pero no todo
era bohemio. El furor de un espíritu se emancipaba, e incumplía las reglas que
en la luz respetaba. Era de noche y hacía frio. El búho extendía sus alas y una
vez más su opinión reservaba. Pero eran mis amigos y como buenos amigos
¡Sentimos Frio! Y al despertar de una larga embriaguez, la resaca acudió sin
medida, los sueños se desahuciaban.
Diego Alexander A. E







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