viernes, 3 de noviembre de 2017

Ébano



Entonces mis amigos se dividían. Congeniaban con unos y miraban a otros. El aire estaba frio, los corazones exaltados y seguían las miradas. Yo era el más sobrio, aunque también estaba ebrio. Se agrupaban en torno a sus ideas. Un amigo con su novia se adoraba. La música recordaba un aire bohemio del no sé dónde y el no sé cuándo ¡Carcajadas se escuchaban! Mis amigos se reían. Y yo gozaba con la bruma de la noche al filo de las palabras fragmentadas. Sentían frio. Como los vientos en los valles de molinos entre las montañas altas. Las sombras de los árboles vibraban con los rayos de la luna que nuestras cabezas acariciaba ¡Gran deleite para nuestros corazones! Unas almas se reían, otras lloraban, unas se arrepentían, otras solo suspiraban ¡Ha! Gran destino para el cobarde de altos afectos a las sendas malogradas. Y la dama, la cordial amiga de jardines marcescibles, en las hortensias florecidas sus texturas ocultaba. Perdida su mirada ¡denunciaba que existía la nada! También ella sintió frio. Como el joven asesino que un gran amor recordaba entre senderos divididos de tendidos de hojarasca que en el suelo se mezclaban, igual que las pasiones que su vida derrochaba. Pero no todo era bohemio. El furor de un espíritu se emancipaba, e incumplía las reglas que en la luz respetaba. Era de noche y hacía frio. El búho extendía sus alas y una vez más su opinión reservaba. Pero eran mis amigos y como buenos amigos ¡Sentimos Frio! Y al despertar de una larga embriaguez, la resaca acudió sin medida, los sueños se desahuciaban.

Diego Alexander A. E

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